Técnica de esmalte tabicado en la que se sueldan sobre la pieza pequeños tabiques o cintas de metal que delimitan celdillas; estas se rellenan con esmalte vítreo de distintos colores y, tras la cocción, se pulen al ras de los tabiques.
Aleación de plata con una ley mínima de 925 milésimas; es decir, compuesta al menos por un 92,5 % de plata fina. El resto suele ser cobre, que aporta la dureza necesaria para resistir el uso diario sin que la pieza pierda brillo ni nobleza, ya que la plata pura sería demasiado blanda. Esta proporción es el estándar internacional —el mismo de la plata esterlina inglesa— para joyería, vajilla y objetos de platería. Las piezas de plata de ley se identifican por su marca de contraste, que en España incluye habitualmente el número «925».
Conjunto de punzones que se estampan oficialmente sobre una pieza de metal precioso para garantizar su autenticidad. Suele reunir varias marcas complementarias: la de ley, que certifica la proporción de metal fino (por ejemplo, 925 milésimas en la plata); la del artífice o taller que la fabricó; y la de la oficina de contraste o localidad que la verificó, a veces acompañada de una marca de año. Estos punzones constituyen un auténtico documento histórico: permiten datar y atribuir piezas antiguas de joyería y platería, y siguen siendo hoy una garantía legal para el comprador.
Modo de talla en el que la gema se labra con forma convexa, lisa y pulida, sin facetas, sobre una base plana o ligeramente abombada. Es la talla más antigua que se conoce y se reserva sobre todo para piedras opacas o translúcidas —ágata, turquesa, ópalo, lapislázuli, granate o piedra de luna—, porque realza su color y su brillo sedoso mejor que el facetado. La superficie redondeada es además la única que permite apreciar ciertos fenómenos ópticos, como el asterismo (estrella) del zafiro estrella o el ojo de gato del crisoberilo.
Técnica de orfebrería que consiste en tejer y soldar finísimos hilos de metal precioso —generalmente oro o plata— previamente torcidos, para componer tracerías caladas de apariencia de encaje. Los hilos se enrollan, trenzan y curvan en espirales, roleos y motivos vegetales o geométricos que se sueldan entre sí y, a veces, sobre una lámina de fondo. El resultado son piezas de extraordinaria ligereza, en las que el aire forma parte del dibujo tanto como el metal. Es una de las técnicas más antiguas y universales de la joyería, con focos históricos en Mesopotamia y el mundo grecorromano y, en España, en centros como Córdoba, Salamanca o Toledo, además de una rica tradición en Portugal y en la platería andina.
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